sábado, 6 de junio de 2009

prelυdιo a la deмencιa







Tenia 15 años. Era una alumna aplicada en las clases y admirada por los profesores, aunque nunca llegué a ser muy popular entre los compañeros. No tenía amigos en el instituto ya que dedicaba todo mi esfuerzo en el estudio. Tenia academia de inglés todas las tardes, y hacia muchas visitas a la biblioteca del colegio. A mi madre le hacia muy feliz que yo destacara por mis buenas notas y mi comportamiento ejemplar. Ella era la única persona en quien confiaba, mi única amiga. Después estaban los demás chicos y chicas del instituto, los profesores, la gente que vivía en mi mismo bloque... El mundo entero... Y mi vecino.
Un chico que debería tener mi edad a pesar de parecer mas mayor. Siempre que nos encontrábamos me sonreía, de aquella manera tan infantil y tierna, sonrisa que no pegaba nada con su estilo estrafalario. Ropa oscura, cadenas y pinchos. Le conozco desde que eramos los dos muy pequeños, siempre hemos vivido cerca. Lo conozco desde que ocurrió aquello... lo de mi padre.




Desapareció el día de mi cumpleaños. 9 años. Fue tan simple como absurdo. Me felicitó y se marchó a su habitación, o eso pensé yo. Mi madre me propuso preparar un pastel y fuimos a la cocina. Recién horneado, pusimos el pastel en la bandeja y lo llevamos al salón para comerlo los tres juntos. Pero nadie cortó nunca aquella tarta. Mi padre no aparecía. Llamadas a su móvil... apagado. Llamamos a la policía y nada. Nadie sabe absolutamente nada de el. Nada. Abandonadas, así nos sentimos mi madre y yo. Recuerdo que cuando buscábamos a mi padre, salí al rellano de casa, y allí estaba Luis, mi vecino, apoyado en la barandilla. Solo me dijo: Lo siento. Así fue como le conocí. Cruzamos una mirada triste y volví a entrar en casa, con la cabeza agachada, pues de alguna manera, supe que papá ya no iba a volver.




Golpeé con fuerza mi pequeña mano con la pared, asi noche tras noche, cuando nadie me veía. Mitigaba un poco el dolor que sentía por mi padre. No iba a mostrarme débil ante nadie. Prefería pudrirme por dentro cada noche antes de que nadie se preocupara por mi.




Después de esto, los años empezaron a pasar rápidamente, una vida agobiante organizada por mi madre, supongo que lo hizo por mi bien, para que no pensara mucho en lo ocurrido. Estanterías, libros, apuntes, el olor de la goma de borrar y de las libretas recién estrenadas. Todo ello trataba de no hacerme pensar que nos habían abandonado sin más, dejar de buscar los motivos que le habían llevado a desaparecer... si es que fué por su propia voluntad, pues la policía llegó a hablar de secuestros y extrañas mafias.